Ácidas, y/o, viscerales son las palabras escritas por mí, igual que la de otros remontando y bajando sin escuchas las vergüenzas, entendimientos pardos o corazones abrevando en riachuelos perezosos. La indiferencia no es sorda ni está desocupada; es altiva, desdeñosa, a veces vana posando en santuarios acabados, carentes de perspectiva alguna y faltos de merienda. No son, pues, nuestros párrafos aleluyas al viento, desde luego, solo nos faltaría eso, escribir solo para la astucia algodonera o la evidencia psíquica y física de las apariencias, desoyendo las necesidades más umbrosas, los caídos porque sí. Uno escribe sin negar su propia resonancia, de lo contrario mal ubicaríamos la sinceridad del pensamiento. Por lo tanto, entiéndase el empeño de escribir con cierta entonación, no se alaban abusos semánticos con el único afán de cortejar intenciones ajenas al bien común, no se trata de distraer mentes de por sí ya confiscadas en circos acrecentados para uso y abuso de los que rigen al "buen escritor”. Afortunadamente, numerosos blogs y demás soportes libres nos señalan por donde apostar rebeldías y alborotos incrustados en nuestros haberes de individuos. En esa línea corren mis baldeos de palabras como si fueran en busca de tierras secas, de tierras exprimidas. Aguasen.

Este planeta es de todos y de todas y, principalmente, de nadie. Otra cosa distinta es que haya mansedumbre, candiles de escolta y portales sombríos a donde el arco iris no llega nunca. En realidad, este planeta es como una caja de cristal con sus parajes opacos: unos encrespados rivalizando tenderetes sibilinos de compra y venta impenetrables, pero no enigmáticos; otros, tratando de restituir el principio del afecto, de la ternura y del apoyo, tres adjetivos constantemente a ganar aun sabiendo que cuesta lo que cuestan vidas en un planeta que no es de nadie.

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